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Vacunaos sin dudar

Pero yo, que soy un tío terco como una mula, y a medida que pasa el tiempo más terco me vuelvo, sigo dudando, qué le vamos a hacer.

Leo esta frase a un médico que conozco y se me viene inmediatamente a la cabeza media vida o casi mi vida entera. Criado en este sistema que llaman democracia toda mi vida adulta, con acceso a la enseñanza hasta los niveles superiores, se me ha metido en la cabeza (al menos aparentemente) que tenía que dudar, al igual que a quién escribió la frase y a los que la leyeron, asintiendo.

La duda, la crítica, hacerse preguntas, era algo que una persona bien formada debía hacer. Decir que sí a todo, asentir, no plantearse interrogante alguno era ser ese borrego que había sido, en muchas ocasiones, el hombre antepasado y que le había conducido a un sinfín de desgracias y tragedias.

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Así que dudábamos. Dudábamos de la existencia de Dios, como primera duda. La Fe no basta, hay que indagar, no hay que creer sin más.

Dudábamos de lo que nos contaban los profesores, aun siendo eruditos, porque en la ciencia se avanza dudando, cuestionando e investigando.

Había que dudar, poner en solfa e incluso burlarse de lo que dijeran nuestros padres, mayores y de las absurdas teorías filosóficas antiguas, porque nadie estaba por encima del hombre moderno. Y había que dudar de lo que dijeran los cuatro politiquillos que nos querían gobernar, pues sus intereses no tenían por qué coincidir con los nuestros.

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Y había que dudar, por supuesto, de lo que nos quisieran vender las grandes corporaciones, esas malvadas empresas. Las peores de todas, las farmacéuticas, auténticos buitres, fabricantes de dinero con poder casi ilimitado.

Pero ahora no hay que dudar.

Justo ahora que acaba de suceder lo más importante, lo más trascendente de nuestra existencia. Hay una epidemia que pone en cuestión nuestras vidas, desde el punto de vista individual y desde el punto de vista colectivo, como sociedad, pero no hay que dudar.

Haz lo que te dicen y ya está, se arreglará todo. Vacúnate y listo. A otra cosa, mariposa.

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Pero yo, que soy un tío terco como una mula, y a medida que pasa el tiempo más terco me vuelvo, sigo dudando, qué le vamos a hacer.

Y me pregunto que cómo es posible que si llevo toda la vida oyendo que las regulaciones en la investigación y desarrollo de los medicamentos son tan prolijas, tan farragosas y tan exigentes que hacen que las ideas se materialicen en medicamentos después de años y años, por nuestra seguridad, las vacunas que nos ofrecen ahora sean seguras, aunque se hayan hecho a toda prisa.

Me pregunto cómo es posible que hasta ahora la inmunización vía vacunas era una cuestión preventiva, es decir, para evitar que se contrajera la enfermedad, pero en este caso se me diga que posiblemente siga pudiendo contraerla e infectando como si no estuviera inmunizado. Y si no es así, por qué se dice constantemente.

Cómo es posible que se vacune a todo el mundo sin plantearse si lo necesita. Porque puede que haya contraído y superado la enfermedad y ya no le haga falta. Sencillamente, no le haga falta.

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O cómo es posible que se tenga que vacunar todo el mundo sin atender a ninguna circunstancia concreta de su salud, es decir que no se tenga en cuenta que puede haber algunas personas a las que no sea recomendable administrarle el medicamento en cuestión. Da igual su historial de alergias, señora, da igual si está débil o fuerte, cómo tenga el corazón o el sistema inmunitario, vacúnese y todo arreglado.

Y se me ocurren más preguntas. ¿Obtendré inmunidad completa con la vacuna? Si es así, ¿tendré que seguir sujeto a las restricciones que imponen a los sospechosos de ser bombas infectivas y si tengo que seguir sujeto, por qué? Y si no es así, ¿cuándo lo sabré? ¿me harán falta más dosis de vacuna? Si me harán falta más dosis en años venideros, ¿por qué me dicen que esta vacuna lo va a arreglar todo?

¿Qué vacuna de las ofertadas graciosamente por mi amado gobierno es mejor? ¿Está alguna más indicada para ciertas personas y si es así por qué no se tiene en cuenta este aspecto en las campañas de vacunación?

Si siempre me han dicho que haga caso de mi médico, que es el que me debe de aconsejar, ¿por qué ahora no debo escucharle y tengo que ponerme una vacuna que recete el gobierno sin más planteamientos? ¿Dónde han quedado las voces de los médicos que pedían respeto a su profesión, a su sabiduría, a su conocimiento y dedicación a sus pacientes, a los que les molestaban las injerencias exteriores en sus opiniones? ¿Ahora ellos renuncian a sus criterios, a sus pacientes y a vacunarse sin dudar?

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Si las regulaciones en los medicamentos son para salvaguardar la seguridad de los pacientes, ¿por qué los Estados compraron millones y millones de dosis de medicamentos cuando aún no habían concluido los ensayos? ¿Cómo podían entonces valorar las bondades del producto? ¿Ninguna de las vacunas ha sido rechazada por no cumplir los requisitos de seguridad? ¿Esto pasa con todos los medicamentos?

¿Por qué justo en esta epidemia no debo hacer valoraciones personales sobre el riesgo/beneficio que me comporta la vacunación? ¿Por qué ahora la vacunación es algo solidario cuando hasta ahora todos nos vacunábamos para no contraer la enfermedad, no para que no la contrajeran otros (aunque esto era una consecuencia derivada)?

¿Por qué se me dice que, aunque todo el mundo se vacune menos yo, voy a tener que olvidarme de hacer vida normal, voy a tener que renunciar a viajar, por ejemplo? ¿Por qué voy a ser tratado como un peligro por los ya vacunados?

No me quiero extender más, aunque podría.

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De lo que no tengo duda ninguna es de que hemos perdido el norte con el asunto del virus este y de que los gobiernos, bien secundados por los medios de desinformación, han aprovechado para robarnos lo que nos quedaba de lo más preciado que tenemos en este mundo, que es la libertad. Esa libertad que, por cierto, no nos dieron ellos.

Aunque antes de despedirme, se me ocurre que sí me gustaría saber qué opinan los médicos, antes tan encantados de sí mismos, de la cuestión de que se hayan convertido, en medio del fragor de los aplausos, en simples “sanitarios” (al nivel de sus enfermeras, celadores, auxiliares y camilleros). Y de que su opinión médica haya sido sustituida por la de un filósofo con gafas que nunca fue a las ocho de la mañana a la facultad con bata blanca.

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