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La otra pandemia: la de los mediócratas

Basta con seguir el juego a un sistema cuyo funcionamiento exige una mediocridad expansiva capaz de expulsar del terreno a los mejores.

Antes de entrar en el contenido de Mediocracia, recuerdo que mediocre es un adjetivo derivado del latín mediocris, que significa “medio”. Etimológicamente está compuesto por el vocablo “medius” que expresa “medio o intermedio” y “ocris” que significa “montaña o peñasco escarpado”, por lo que indica a algo o alguien que se queda a mitad del camino siendo la cima de la montaña el destino final. El diccionario de la RAE lo define como persona o cosa “de calidad media”, “de poco mérito, tirando a malo”. Y otros, refiriéndose a las cosas: “que es mediano, regular, tirando a malo, en cuanto a su calidad, valor interés, etc.”, y relación a las personas: “Que no tiene un talento especial o no tiene suficiente capacidad para la actividad que realiza”.

      La mediocridad es la característica esencial de lo vulgar, y significa estar en la media, y es palabra que se utiliza como sinónimo: mezquino, mediano, anodino, gris, vulgar y común. De ahí que mediocracia –fijando ya el término en los seres humanos– pueda entenderse como el grupo social formado por los vulgares, ramplones, bastos y groseros. Amén de que el sufijo “cracia”, derivado del griego “krátos”, indica control, poder, sistema o, sobre todo, gobierno, así que mediocracia es el sistema de los mediocres en el poder.

      Actualmente, y por desgracia, nos encontramos en un momento histórico en el que ha cristalizado un peligroso fenómeno social: la mediocracia. El gobierno de los mediócratas se ha consolidado como una clase dominante, paradójicamente, al servicio del poder. Para tomar las riendas les ha bastado a los torpes con ser sumisos. Acatar las normas establecidas con una sonrisa, reverenciar al Poder sin rostro y, si hace falta, mirar hacia otro lado cuando las tropelías del orden político o económico se hacen evidentes. Basta con seguir el juego a un sistema cuyo funcionamiento exige una mediocridad expansiva capaz de expulsar del terreno a los mejores.

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      Para hacer inteligible la plaga mediocre, hemos de construir una tipología de cinco figuras conceptuales encabezadas por el hombre fracturado, el ser esperpéntico víctima de sus propias contradicciones que encabeza la primera clasificación. En la segunda categoría nos referiremos al tipo mediocre por defecto, es decir, un sujeto de poca inteligencia que cree a pie juntillas las mentiras que le cuentan a los que él considera cultos. La tercera figura es la del mediocre entusiasta, maestro en maquinaciones, siempre predispuesto a acatar todo porque no creer en nada y porque no destaca en ninguna cualidad.  La cuarta figura es aquel que, a pesar suyo, se alimenta de otros mediocres, porque carece de valor o calidad.   Gente que pese a percibir su servidumbre aguantan la incomodidad cognitiva producida por la situación del momento. En la quinta figura entran los que, de calidad media, tirando a mala, inicialmente parecen resistir, pero que, a la primera de cambio, resbalan ante una oferta tentadora y caen del caballo para incorporarse a las ventajas de los privilegios, dadivas, dietas y sopa boba. Solo han de acoplarse a las reglas del juego. Lo que implica compartir y encubrir torceduras, calumnias, vanidades, mímicas excluyentes, fingimientos, falsedades y actos de cinismo. La mediocridad avalada por las urnas permite, por ejemplo, gobernar a un presidente narcisista, y esgrimir su incompetencia como sello de su mediocracia.

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      En todas esas fases, la mediocridad o mínimo nivel de competencia está sobrerrepresentada a nivel global en los políticos, los asesores, los sindicalistas, los de la patronal, etc., en una palabra, por todos los ejes del poder.  El tema no es nuevo, ya que lleva años coleando, aunque ahora haya alcanzado al zenit de la mediocridad como el fenómeno más visible, expansivo y peligroso de nuestro tiempo: Un gobierno de Frente Popular, que guarda las apariencias convencido de que hace lo políticamente correcto, esto es, el sumun de la mediocridad.

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     Los mediócratas son infructuosos por necesidad, y enemigos acérrimos del saber, de la individualidad creativa y pensante, amén de aborrecer a los que creen inteligentes, es decir a cualquiera que se haga notar o sobresalga por encima de la media común. Los meritócratas menosprecian a los maestros y a los que tienen mentalidades notables por considerarlos demasiado teóricos, abstractos, lógicos, complicados y eruditos, puesto, que comparativamente que les hacen prevaler su bajo nivel.

       Los mediócratas, curiosamente, son ellos mismos sus propios fans, adoran a todo bobo e insustancial. Admiran a actores de moda integrados a las falacias de la “ceja” como espectáculo.  Celebran a todo aquel que cínicamente ostentan su ordinariez, su mal gusto y falta de educación, pero en lo personal evitan juicios fundados u opiniones comprometedoras. Haciendo ostentación de que son bulos cualquier invectiva a su actuación; considerando amenazantes a los que cuestionan, dudan, critican y señalan situaciones que a todos afectan. A la razón los mediócratas responde por los cerros de Úbeda con burlas, suspicacias, respuestas absurdas, expresiones groseras, inciviles y muestras de repudio compartidas con sus parias.  Buscando siempre el sonido de su clá, con la misma obviedad que rechazan a quienes piensan, se cultivan y apoyan la inteligencia responsable.

       El blanco favorito de los mediócratas es todo aquello que contribuye a mejorar y dignificar la vida en común. Y es que el ideal de la mediocridad consiste en igualar a los más hacia lo ínfimo: que nada destaque por su calidad, que no se noten la educación, el refinamiento, el talento, la educación ni el buen gusto. Que no se muestre ni se cultive el saber ni virtud alguna. Si algo hay que exhibir que sea la chabacanería, la igualdad popular rastrera, lo efímero, la superficialidad, lo anodino, lo ordinario, la estupidez caustica…  y el minuto de silencio.

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      Otro factor que no soportan los mediócratas es a los supercapaces. Algo monstruoso empezó a manifestarse cuando el afán de superación perdió vigencia en las aulas, en las academias, en las oficinas, en las empresas y en el parlamento. Con el crecimiento de la población y la correlativa economía de consumo, el modo de gobernar se redujo a otro producto comercial.  Proliferó entonces esta barbaridad pandémica que abatió los verdaderos ideales vitales y democratizadores, pero sobrevaloró el resultado de las urnas. Se empezó a excluir impúdicamente a los mejores tomando como excusa la apertura a lo popular, a lo notorio, a lo público, a lo que denominan guay y hartos de los sobrecalificados o alejados de nuestros estándares. A poco quedó en claro que la pandemia de la mediocridad quedó instituida en poder con la llegada de la democracia y ahora sin grandeza, sin atención al futuro ni vínculos con lo recibido amparaba la ley del menor esfuerzo.

       El mediocre cree que lo natural es lo pueril, lo insignificante, lo insubstancial, lo carente de fundamento, lo insulso, lo común y ordinario, lo fatuo y aparente, lo presuntamente arrogante haciéndose pasar por buena gente y hablar como “fiel seminarista”, a pesar de que cuanto dice son necedades, trastocadas de estupideces y sin ingenio alguno. El mediocre, en suma, es incapaz de entender y asumir la consecuencia de sus actos y sus torpezas: de ahí su extrema peligrosidad cuando tiene poder y sin ton ni son impone decretos ley a costa de la economía, del desarrollo, del medio ambiente, de la justicia, de la sanidad y, en suma, de la cultura y la calidad de la sociedad.

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        Y lo más curioso es que los mediócratas, devorados por el ansia del poder, se muestras como defensores de la democracia – de su mediocracia-, cuando en realidad son incapaces de afrontar y desafiar lo cotidiano y mucho menos complicarse con las ideas acertadas y renovadoras, lecturas dificultosas, compromisos, amistades o relaciones complicadas, reflexiones, decisiones, intereses o lenguajes, presencias y obras inteligibles. Siendo su fin principal, amén de la poltrona, debilitar al Estado, el control de la ignorancia para mantener la Patria en vilo y desdeñar lo que no represente su medianía.

       La mediocracia actual, rasgo distintivo de actual sistema, es un fenómeno que deriva, se alimenta y escuda no precisamente de las virtudes cardinales, morales o teologales, sino de las que podríamos denominar, las cracias modernas, que en muchos casos salvaguardan la inoperancia de aquellos que dirigen, gobiernan o mandan. ¿Cuáles son estas cracias? la “burocracia”, caracterizada por el olvido de los fines, la formalidad absurda e innecesaria y el papeleo, aunque sea digital; la “cuantitocracia”, o la necesidad de medirlo todo numéricamente, para evitar tener que explicar por qué ocurre lo que ocurre; la “calitocracia”, o referencia continua a la aparente y vacua calidad de los sistemas; la “evaluacracia” o referencia a que todo debe ser evaluado para mejorar, pero sin la menor autocrítica y confundiéndola con el mero control. Las “tantoporcracia” midiendo a diario los tantos por ciento de sus fracasos. Y, por último, la “sometocracia”, o el establecimiento de un sistema y red clientelar de sometimiento, para que todo aquel que pueda destacar o suponga una amenaza para el estatus quo del que manda, quede anulado.

       Estamos acorralados viviendo una conjura de los necios que ocupan el terreno de quienes poseyendo talentos y creatividad han sido apartados por los mediócratas. Hoy los encontramos amontonados y acoplados en una nefasta pandemia. Solo hemos de echar un ojo al gobierno actual para saber que pandemia me refiero. El voto electoral, las urnas o el engranaje de la idiosincrasia de la mediocridad con el soporte de esta endemia de mediócratas es ejemplo claro; mejor aún, las aspiraciones de la mediocridad corresponden a su propia naturaleza: política caduca, proyectos culturales rancios, sanidad depauperada, educación fracasada, delincuencia en auge, justicia discrecional, trabajo destruido…y economía arruinada. Tan penosa realidad no augura buen fin no digamos para la calidad de la vida, sino para la vida misma.

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      Cabe preguntarse ¿cómo salir de esta pandemia? Pero, eso no puede hacerse en una desescalada, como dirían los mediócratas, sino que debe ser instaurada con una revolución que nos haga volver a la normalidad.

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