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La negación como sistema ideológico

Actualmente nos vemos inmersos en un proceso revolucionario que empieza con la protesta luterana, y desde allí ha desembocado en la ideología de género. La Primera Revolución, la protestante, negó la unidad de la Fe y la autoridad eclesiástica. La Segunda Revolución, la francesa, negó el orden político. La Tercera Revolución, la Comunista, negó el derecho de propiedad. Finalmente, la Cuarta Revolución, la Revolución sexual de mayo del 68, negó al hombre.

Aprender es adquirir nuevos conocimientos, pero también es retener algo ya sabido en la memoria. Y este segundo aspecto es hoy casi tan importante como el primero, pues vivimos en una sociedad que idolatra lo fugaz, lo perecedero, y que corre tras cualquier novedad olvidando la mayor parte de las veces lo que como sociedad un día supimos y vivimos haciéndose entraña de nuestro ser.

Por eso, aunque a alguno le suene anticuado, prefiero utilizar los viejos términos a los nuevos, que por lo ambiguo no llegan a definir, en su esencia, el proceso social y político en los que nos vemos inmersos. Y nos vemos inmersos en un proceso revolucionario que empieza con la protesta luterana, y desde allí ha desembocado en la ideología de género. Todo este proceso, nacido de la protesta, se funda, única y exclusivamente, en la negación. La Primera Revolución, la protestante, negó la unidad de la Fe y la autoridad eclesiástica, abriendo las puertas al relativismo moral y a la negación de la existencia de una verdad objetiva; la Segunda Revolución, la francesa, negó el orden político y arrebató el poder de autogobierno a las sociedades intermedias y el de dirección a sus legítimos poseedores, abriendo las puertas al desorden político de la primacía del más fuerte, no del más justo; la Tercera Revolución, la Comunista, negó el derecho de propiedad, abriendo finalmente las puertas a la nueva esclavitud de la dependencia inmoderada del individuo con respecto al Estado. Finalmente, la Cuarta Revolución, la Revolución sexual de mayo del 68, negó al hombre, al que pretende abolir por la vía de borrarle su identidad incitándole a una vida animal regida solo por las bajas pasiones, y desasida de todo sometimiento a la razón. Así se explica su pretensión de hacernos creer, primero, que existen múltiples identidades sexuales, dependientes solo del mero capricho personal, y, segundo, que en el ámbito sexual cualquier tendencia, comportamiento y actitud es lícita e indiferente desde el punto de vista moral o siquiera natural.

Es por medio de este proceso revolucionario que hemos desembocado en el lodazal actual de impiedad social, arbitrariedad política, latrocinio público, y podredumbres personales. Sin embargo, la reacción es posible, pero solo en tanto en cuanto seamos capaces de oponer frente a las negaciones, afirmaciones. Debemos ser capaces de afirmar con valor que la verdad objetiva existe y, deshaciéndonos del pesimismo revolucionario, que el hombre puede llegar a ella por la razón; que existe un orden político armónico en el que el Estado no absorbe todas las fuentes del poder, y en el que el individuo, la familia y otras sociedades tienen soberanía plena para determinar su propio futuro en su ámbito de competencia; que la propiedad privada es fundamento de la libertad civil, y que por tanto, no se debe esquilmarse fiscalmente a los que se muestran más capaces para administrarla; y finalmente, que el ser humano no se crea a sí mismo, y que no puede darse a sí mismo normas contrarias a la ley natural que, quiera o no, rige su acontecer.

Si de verdad queremos construir una sociedad al servicio del hombre, no podemos más que afirmar, a tiempo y a destiempo, estas verdades. No hacerlo así, y atacar solo las consecuencias del actual sistema será seguir levantando altares a las causas y cadalsos a las consecuencias.

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