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Violencia policial y civil en Estados Unidos

Lo más grave, sobre la violencia callejera como forma absurda de protesta, es que personas que ni siquiera participan en los hechos la justifiquen.

Imagen pixabay

Por SALVADOR I. REDING VIDAÑA ,Jurista e historiador | CIUDAD DE MÉXICO

Un oficial de policía, por sometimiento violento, absolutamente innecesario, provoca la muerte de un hombre de raza negra en Estados Unidos, y desata una cadena de protestas y mucha violencia a través de ese país, y que además se extendió a otras ciudades del extranjero. Otros abusos policiales contra personas de raza negra avivan el fuego en el mismo país, que causan escándalo y protestas ciudadanas. Protestas hechas dentro del orden y fuera del mismo, hasta con extrema violencia. Estos hechos tienen mucho fondo.

Los abusos policiales no son propios de los Estados Unidos, se dan a través del mundo, pero en el caso de homicidios por policías, se llevan el primer lugar. Es comprensible que muchas personas se sientan agredidas personal o socialmente por la violencia policial. Y a eso se suma una gran impunidad, la policía protege muchas veces a sus miembros de la acción de la justicia. Y esto es otro fenómeno también multinacional.

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Cuando un policía comete un delito, como abuso y violación de derechos humanos contra algún ciudadano, y la población exige justicia, lo primero que regularmente se hace es suspenderlo en funciones, y se va a su casa o queda enclaustrado en oficinas de policía. La acción penal, que otro caso se hubiera iniciado de inmediato, muchas veces se retrasa o simplemente no se inicia. Esto causa una gran irritación social. Y de estos hechos o no-hechos dentro de las instituciones policiales, se producen las protestas en medios y redes sociales, y de allí a la calle.

Al igual que en otras protestas contra los gobiernos, cuando no hay la respuesta inmediata que los manifestantes esperan, recurren a la violencia callejera, pensando quizás que es la forma de obtener esa respuesta deseada. Esa violencia se hace en contra de otros policías que se presenten a la manifestación, simplemente como una forma de desquitarse, sin importar que ellos no sean los responsables del objeto de la protesta callejera. Lo que les importa es atacar a la institución. Por supuesto que, en esos momentos de furor, de irritación, de enojo, olvidan las cosas buenas que miembros de las policías hacen a favor de la sociedad, como protegerlos de la delincuencia.

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Y ese desquite contra la institución policial, los lleva a atacar vehículos, patrullas que sirven para cuidar a la gente. Y de allí a manifestar su enojo cometiendo delitos de ataque a propiedad pública, destruyendo por ejemplo mobiliario urbano. De allí (no necesariamente en ese orden) pasan al ataque a la propiedad privada. Lo importante, para esas personas violentas que no están reflexionando ni quieren hacerlo, es manifestar su enojo y tomar revancha contra lo que sea.

El problema principal siguiente, es la protesta en ciudades totalmente ajenas a los hechos presuntamente delictivos de algún agente o agentes de policía, como una forma de solidaridad, y atacan a sus policías, destruyen sus medios de trabajo, de nuevo como patrullas y otros vehículos de servicio. Lo que les importa, según sus manifestaciones, es protestar contra la autoridad, sin distinciones. Y recurren a la violencia que ataca policías y hasta terceras personas, y destruyen lo que se encuentren, vehículos de otros ciudadanos o bienes inmuebles, y recurren al saqueo de tiendas como si así se pudiera remediar algo. Pero los saqueos tienen su propia dinámica, más que una forma de protesta, es la oportunidad de robar con muy escasas posibilidades de ser atrapados, son chusma y huyen como tal con lo robado.

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Lo más grave, sobre la violencia callejera como forma absurda de protesta, es que personas que ni siquiera participan en los hechos la justifiquen. Personas a las que les parece bien que se ejerza violencia, destrucción, ataque a personas y robo. Estas actitudes permisivas, van desde el desdén de no me importa lo que pasa, es asunto de ellos, hasta la abierta justificación declarada: “qué bueno que lo hagan, qué bueno que ataquen a la policía, que bueno de puedan llevarse de las tiendas lo que necesitan, al cabo deben tener seguro contra robo”.

Y cuando estos hechos de protestas violentas contra el gobierno, sea por hechos calificados como delito por agentes de policía, ciertos o no, se repiten una y otra vez, se llega a considerar como un fenómeno social ya no digamos justificable, sino comprensible: ni modo, así es y seguirá siendo, es la triste reflexión. Cuando la maldad se da por un hecho a reconocer y contra el que se supone que no se puede hacer nada, la sociedad tiene un serio problema. Un problema con el que la misma ya está viviendo, desde pensar que no hay remedio, hasta la necesidad de “comprender a esas personas furiosas que echan fuera su coraje” y lo peor, dar su apoyo moral, y justificar lo injustificable, y en su caso, esconder a los violentos que busca la policía para detenerlos.

¿Estará en manos de las instituciones policiales la solución de entrada, actuando de inmediato cuando se da un hecho presuntamente delictivo de abuso policial? No, lamentablemente, aunque ayuda, aun cuando en algunos casos, los policías abusivos, que violan derechos humanos sean de inmediato sujetos a procuración de justicia, ya hay una conciencia colectiva de que los presuntos responsables de abuso se van a salir con la suya, sea cierto o no. Y hay que tomar en cuenta que no siempre los presuntos abusos lo son, aunque algunos sean abiertamente evidentes, como los videograbados por testigos.

¿Qué se debe hacer por las personas socialmente responsables? Poner lo que esté de su parte, para que antes de que se presenten las violencias callejeras, es decir en plena calma, eduquen a quienes puedan a que la violencia delictiva no soluciona nada, y solamente crea nuevos delitos, cometidos tanto por policías que reprimen, golpean o detienen hasta a transeúntes ajenos a la manifestación, como por manifestantes violentos, que en general son sólo unos cuantos, que descalifican la protesta legítima y no violenta de la mayoría.

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Este artículo se publicó en la Revista Reino de Valencia nº 125

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